Tuesday, May 06, 2008
Es conjunto de estampas y relatos sobre temas salvadoreños. Y como libro es hermoso. Quienes hayan nacido, crecido y vivido en El Salvador sabrán amarlo porque les devolverá la fuerza de la vida. Quienes vengan de otras latitudes también querrán tenerlo porque les mostrará la trama suave que trenzan los recuerdos. ( Por Francisco Andrés Escobar http://www.brevespacio.com/personajes/)
Gracias Libros en Red.
Saludos
Apoyando a Libros en Red Edición 87
Un 23 de abril y del mismo año (casi un colmo para las efemérides) murieron dos de los más destacados escritores europeos a lo largo de la historia y, también, quien se puede considerar el primer escritor hispanoamericano. Nos referimos a Cervantes, a Shakespeare y al Inca Garcilaso de la Vega.
Todo ocurrió en 1616. Dada la importancia de los personajes y la magnitud de la coincidencia (aunque se arguye también que está basada en calendarios distintos) la Unesco destacó esta fecha y, desde 1966, la proclamó "el Día Internacional del libro".
Cada 23 de abril es, desde entonces, día de eventos y celebraciones de todo tipo en torno a la cultura libresca. Pero no sólo porque se considera que el legado literario es digno de festejar. También porque se da por descontado, siempre, que el libro tiene un lugar inferior que el que merece y porque se asume que todos en conjunto y a escala mundial debemos velar por su salud, por su buena reputación, por su difusión y por su circulación universal, como si el acceso a la lectura fuera uno de los derechos básicos del ser humano.
Pero ¿por qué es tan bueno leer? ¿Qué da la lectura que no aporta otro canal, como el cine, la música o la conversación con los demás? ¿Contamos con un plus después de leer un libro? ¿En que sentido? Y ¿todo el mundo debería leer? ¿Se justifica el celo puesto en resaltar los efectos benéficos de la lectura? ¿En qué enriquece al individuo o a la sociedad? ¿Qué le ha aportado a usted la lectura que no haya podido conseguir por otro medio?Antes de ser considerados contradictorios, adelantamos que claro, que para nosotros -que hacemos libros- sí vale la pena leer. Lo que queremos es pensar por qué. Este espacio pretende salir del discurso de la obligación y desviarse de los lugares comunes de defensa de la cultura heredada y encontrarnos con las verdaderas razones que nos acercan a los libros. Nuestras razones personales, no las impuestas. ¿Se animan a hacer este ejercicio? Participen aquí.
Todo ocurrió en 1616. Dada la importancia de los personajes y la magnitud de la coincidencia (aunque se arguye también que está basada en calendarios distintos) la Unesco destacó esta fecha y, desde 1966, la proclamó "el Día Internacional del libro".
Cada 23 de abril es, desde entonces, día de eventos y celebraciones de todo tipo en torno a la cultura libresca. Pero no sólo porque se considera que el legado literario es digno de festejar. También porque se da por descontado, siempre, que el libro tiene un lugar inferior que el que merece y porque se asume que todos en conjunto y a escala mundial debemos velar por su salud, por su buena reputación, por su difusión y por su circulación universal, como si el acceso a la lectura fuera uno de los derechos básicos del ser humano.
Pero ¿por qué es tan bueno leer? ¿Qué da la lectura que no aporta otro canal, como el cine, la música o la conversación con los demás? ¿Contamos con un plus después de leer un libro? ¿En que sentido? Y ¿todo el mundo debería leer? ¿Se justifica el celo puesto en resaltar los efectos benéficos de la lectura? ¿En qué enriquece al individuo o a la sociedad? ¿Qué le ha aportado a usted la lectura que no haya podido conseguir por otro medio?Antes de ser considerados contradictorios, adelantamos que claro, que para nosotros -que hacemos libros- sí vale la pena leer. Lo que queremos es pensar por qué. Este espacio pretende salir del discurso de la obligación y desviarse de los lugares comunes de defensa de la cultura heredada y encontrarnos con las verdaderas razones que nos acercan a los libros. Nuestras razones personales, no las impuestas. ¿Se animan a hacer este ejercicio? Participen aquí.
Hasta el próximo boletín,
Editorial LibrosEnRed
Monday, January 28, 2008
El Salvador, testimonios de guerra
Ariel Romero, toms su grabadora, su papel y su lapiz, los colorcs en su mochila, caminos con destino al volcan de San Salvador y al cerro de Guazapa en 1990, para encontrarse con los guerrilleros del Frente Farabundo Martm...
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Buscando un poco de información de Lilian Mercedes Letona, me encontre con este escritor salvadoreño, les comparto su link y el libro.
Saludos desde el Brevespacio.
Wednesday, January 09, 2008
EL DIA QUE NIETZSCHE LLORO
Resumen del libro
Con una potencia narrativa digna del mejor suspense, Irving Yalom, nos propone una nueva historia de nacimiento del psicoanálisis, tan maquiavélico y divertido como intenso, e imagina el encuentro ficticio entre Nietzsche y Breuer, en lo que resulta una irónica vuelta de tuerca de la historia de la filosofía y el psicoanálisis y una ocasión irrepetible de revisitar algunas de las grandes figuras que han configurado el rostro contemporáneo de la cultura occidental.
Con una potencia narrativa digna del mejor suspense, Irving Yalom, nos propone una nueva historia de nacimiento del psicoanálisis, tan maquiavélico y divertido como intenso, e imagina el encuentro ficticio entre Nietzsche y Breuer, en lo que resulta una irónica vuelta de tuerca de la historia de la filosofía y el psicoanálisis y una ocasión irrepetible de revisitar algunas de las grandes figuras que han configurado el rostro contemporáneo de la cultura occidental.
de YALOM, IRVIN D.
EDICIONES DESTINO, S.A.
EDICIONES DESTINO, S.A.
El ultimo minuto
Resumen del libro
«Escribir un cuento se parece a tirarse en paracaídas». En los relatos de este libro asistimos a la consumación de la técnica del minuto, a la explotación máxima de los matices y contradicciones de un fragmento temporal muy limitado. Trastornadas por una cámara lenta, sutiles bombas de tiempo, las historias de El último minuto escenifican una crisis y la retienen, a veces con humor y otras veces con dolor, explorando el instante anterior al abismo. Como sugiere el epílogo, ensayo final que profundiza en el estudio del cuento: «Si alguna vez Napoleón dijo ‘vísteme despacio, que tengo prisa’, quizá muchos cuentistas escribimos pensando ‘narremos lentamente, que tenemos poco tiempo». Un anciano despidiéndose. Un mafioso en problemas. Una mujer que llora por un ojo. Dos actores que ignoran su papel. Un poeta sin obra. Un profesor que inventa los libros que cita. Una esposa que compra dos veces la misma chaqueta. Un profeta televisivo que pretende entrevistar a Dios. Un pianista suicida. Dos amigos que se odian en secreto. Ahogados que piensan. Bebés que vuelan. Infiernos subterráneos. Navidades sórdidas. Amores en sentido inverso. Y, por supuesto, más de un paracaidista. Todo esto y mucho más descubrirá el lector en El último minuto, en esta nueva y definitiva edición minuciosamente revisada por el autor.
«Escribir un cuento se parece a tirarse en paracaídas». En los relatos de este libro asistimos a la consumación de la técnica del minuto, a la explotación máxima de los matices y contradicciones de un fragmento temporal muy limitado. Trastornadas por una cámara lenta, sutiles bombas de tiempo, las historias de El último minuto escenifican una crisis y la retienen, a veces con humor y otras veces con dolor, explorando el instante anterior al abismo. Como sugiere el epílogo, ensayo final que profundiza en el estudio del cuento: «Si alguna vez Napoleón dijo ‘vísteme despacio, que tengo prisa’, quizá muchos cuentistas escribimos pensando ‘narremos lentamente, que tenemos poco tiempo». Un anciano despidiéndose. Un mafioso en problemas. Una mujer que llora por un ojo. Dos actores que ignoran su papel. Un poeta sin obra. Un profesor que inventa los libros que cita. Una esposa que compra dos veces la misma chaqueta. Un profeta televisivo que pretende entrevistar a Dios. Un pianista suicida. Dos amigos que se odian en secreto. Ahogados que piensan. Bebés que vuelan. Infiernos subterráneos. Navidades sórdidas. Amores en sentido inverso. Y, por supuesto, más de un paracaidista. Todo esto y mucho más descubrirá el lector en El último minuto, en esta nueva y definitiva edición minuciosamente revisada por el autor.
PEQUEÑAS DOCTRINAS DE LA SOLEDAD
Resumen del libro
Miguel Morey, con la gran inteligencia y con la prosa precisa y elegante que lo caracterizan, nos invita a pensar nuestra soledad inmersos en la lectura. Al barullo ensordecedor de cierta modernidad que no cesa de importunarnos con su interminable retahíla de proclamas emancipadoras, Miguel Morey contrapone el único antídoto efectivo: el silencio. Pero es un silencio peculiar…, el silencio que nos permite dialogar con nosotros mismos, escuchar aquello que anida en lo más profundo de nuestro ser —antes de cualquier normalización preparada por las fuerzas de la sociedad—, para así poder transitar a través del pensamiento que mueve los hilos de este extraño evento llamado existencia. Pequeñas doctrinas de la soledad es una puerta que nos comunica con la compañía más preciada a la que podemos aspirar: la soledad de los grandes escritores, soledad que se cristaliza en palabras, y éstas en literatura, el único espejo de nosotros mismos donde la imagen coincide con el objeto que la provoca. Beckett, Artaud, Burroughs, Michaux, Lowry, Bataille…, son algunos de los rostros que nos acompañan a lo largo de este ejercicio silente que entraña conocernos y reconocernos en los otros. «Es soledad letrada, pues, la nuestra, diremos soledad literata: es la soledad que nace en el interior de ese espacio que abre el lector que lee para sí. Y es la soledad del escritor, simétrica, también. Escribir es defender la soledad en que se está —le escuchamos decir a María Zambrano unas páginas más adelante. Y efectivamente se trata de esto, casi sólo de esto, en las páginas que siguen, de la soledad de leer y de la soledad de escribir, del leer y el escribir como modos mayores de interrogar.
Miguel Morey, con la gran inteligencia y con la prosa precisa y elegante que lo caracterizan, nos invita a pensar nuestra soledad inmersos en la lectura. Al barullo ensordecedor de cierta modernidad que no cesa de importunarnos con su interminable retahíla de proclamas emancipadoras, Miguel Morey contrapone el único antídoto efectivo: el silencio. Pero es un silencio peculiar…, el silencio que nos permite dialogar con nosotros mismos, escuchar aquello que anida en lo más profundo de nuestro ser —antes de cualquier normalización preparada por las fuerzas de la sociedad—, para así poder transitar a través del pensamiento que mueve los hilos de este extraño evento llamado existencia. Pequeñas doctrinas de la soledad es una puerta que nos comunica con la compañía más preciada a la que podemos aspirar: la soledad de los grandes escritores, soledad que se cristaliza en palabras, y éstas en literatura, el único espejo de nosotros mismos donde la imagen coincide con el objeto que la provoca. Beckett, Artaud, Burroughs, Michaux, Lowry, Bataille…, son algunos de los rostros que nos acompañan a lo largo de este ejercicio silente que entraña conocernos y reconocernos en los otros. «Es soledad letrada, pues, la nuestra, diremos soledad literata: es la soledad que nace en el interior de ese espacio que abre el lector que lee para sí. Y es la soledad del escritor, simétrica, también. Escribir es defender la soledad en que se está —le escuchamos decir a María Zambrano unas páginas más adelante. Y efectivamente se trata de esto, casi sólo de esto, en las páginas que siguen, de la soledad de leer y de la soledad de escribir, del leer y el escribir como modos mayores de interrogar.
Tiempo para ti
Resumen del libro
Tiempo para tí trata sobre sacar tiempo de nuestras ocupadas y complicadas vidas, para sentarse, apreciar nuestra casa, respirar y convertirse en uno con la naturaleza. Para ser. Con las palabras de algunos de los más sabios escritores y pensadores, recuperamos una maravillosa sensación de belleza y paz.
Tiempo para tí trata sobre sacar tiempo de nuestras ocupadas y complicadas vidas, para sentarse, apreciar nuestra casa, respirar y convertirse en uno con la naturaleza. Para ser. Con las palabras de algunos de los más sabios escritores y pensadores, recuperamos una maravillosa sensación de belleza y paz.
de VV.AA.
HARLEQUIN IBERICA, S.A.
HARLEQUIN IBERICA, S.A.
DIARIOS de Warhol, Andy
Resumen del libro
Warhol ha marcado la escena artística y social de los últimos treinta años. Nombre señero del Pop-Art en los sesenta, impulsor de aventuras vanguardistas en su célebre Factory –desde bandas de rock como la Velvet Underground hasta películas como Sleep o Lonesome Cowboys, sin olvidar algunos de los «happenings» más estrepitosos de la historia–, se convirtió, con su revista Interview, en el árbitro que decidía «quién era quién» en la sociedad neoyorquina. Homosexual, voyeur e infatigable frecuentador de todos los lugares de encuentro de ricos, modernos y famosos, después de su muerte ha seguido provocando, con sus diarios, grandes oleadas en los revueltos mares en los que navegara. Registro minucioso de todo lo que hacían y decían sus amigos y conocidos, por sus páginas desfilan desde Truman Capote a Jackie Onassis, desde Lennon y Yoko Ono a Donald Trump, Madonna y Mick Jagger, en una crónica de la modernidad escrita desde el centro del imperio. Una visión absolutamente franca de los personajes más célebres de nuestra época y de sí mismo, tal vez el personaje más misterioso y fascinante de toda esta glamourosa galería.
Warhol ha marcado la escena artística y social de los últimos treinta años. Nombre señero del Pop-Art en los sesenta, impulsor de aventuras vanguardistas en su célebre Factory –desde bandas de rock como la Velvet Underground hasta películas como Sleep o Lonesome Cowboys, sin olvidar algunos de los «happenings» más estrepitosos de la historia–, se convirtió, con su revista Interview, en el árbitro que decidía «quién era quién» en la sociedad neoyorquina. Homosexual, voyeur e infatigable frecuentador de todos los lugares de encuentro de ricos, modernos y famosos, después de su muerte ha seguido provocando, con sus diarios, grandes oleadas en los revueltos mares en los que navegara. Registro minucioso de todo lo que hacían y decían sus amigos y conocidos, por sus páginas desfilan desde Truman Capote a Jackie Onassis, desde Lennon y Yoko Ono a Donald Trump, Madonna y Mick Jagger, en una crónica de la modernidad escrita desde el centro del imperio. Una visión absolutamente franca de los personajes más célebres de nuestra época y de sí mismo, tal vez el personaje más misterioso y fascinante de toda esta glamourosa galería.
Friday, December 07, 2007
El regalo de los Reyes Magos
CUENTO
William Sydney Porter
William Sydney Porter
Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad. Evidentemente no había nada que hacer, fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal. Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre Los chilenos y el regalo 2
eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Mr. James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim.
Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad —algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja. Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en sus ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle. Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
—¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.
—Compro pelo —dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
—Veinte dólares —dijo Madame sopesando la masa con manos expertas.
—Démelos inmediatamente —dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar.
Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim. Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había registrado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto —tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veinte dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea mastodóntica. A los veinte minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante cimarrero. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente. "Si Jim no me mata", se dijo, "antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?" A las siete de la tarde, el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne. Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes. Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña. Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
—Jim, querido —le gritó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo! Los chilenos y el regalo 3
—¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
—¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
—Se está viendo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante. Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas —el juego completo de peinetas, una al lado de otra— que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido. Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
—¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
—¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
—¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió. —Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal. Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre Los chilenos y el regalo 2
eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Mr. James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim.
Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad —algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja. Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en sus ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle. Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
—¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.
—Compro pelo —dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
—Veinte dólares —dijo Madame sopesando la masa con manos expertas.
—Démelos inmediatamente —dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar.
Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim. Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había registrado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto —tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veinte dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea mastodóntica. A los veinte minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante cimarrero. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente. "Si Jim no me mata", se dijo, "antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?" A las siete de la tarde, el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne. Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes. Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña. Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
—Jim, querido —le gritó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo! Los chilenos y el regalo 3
—¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
—¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
—Se está viendo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante. Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas —el juego completo de peinetas, una al lado de otra— que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido. Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
—¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
—¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
—¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió. —Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Monday, October 15, 2007
Libro: El Salvador (Monografía) 1963 Roque Daltón ( salvadoreño)
Será un acceso de resentimiento contra la oligarquía salvadoreña o simple propaganda incendiaria.Lo que Dalton nos ofrece, es la visión histórica de un joven que no se queda con nada y arremete contra todo, sin miedo alguno, bajo la protección de la fresca revolución cubana.Así como sus poemas, que expresan lo que siente en la piel, Dalton se estrena como historiador de una manera rápida o ligera y de estilo propagandístico.Sin embargo, para un novato lector de la literatura salvadoreña, como yo, me resulta muy interesante la recopilación inicial de bibliografía pre-colonial y colonial, los extractos de las Cartas de Don Pedro de Alvarado, y los sucesivos acontecimientos pre-independencistas, que ponen en perspectiva el coraje de nuestros indios.Luego a la mitad del libro no dejan de repicar las palabras "oligarquía" e "imperialismo" muy de moda, pienso yo, en ésta época de revolución, palabras satanizadas y coloradas años después.El libro presenta una foto de la mente de los revolucionarios de la época y profetiza el difícil desarrollo de los países centroamericanos en las décadas siguientes.Asimismo es un grito de independencia olvidado, en contra de la intervención Norteamericana tan normal en la actualidad. Intervención abanderada de "capitalismo" y "libre mercado" en nuestros días.Como dijo una vez el historiador y político Wiston Churchill a un enemigo suyo en el parlamento "La historia te va a condenar!! te lo aseguro, por que yo voy a escribirla!", este libro demuestra que la historia es una luz reflejada.En fin es un libro que debe ser leído para comprender el espíritu de estos artistas "comprometidos" de la época. Los que quieren hacer historia deben de empezar por estudiarla.Por Roger Moreno
El jardín de las delicias
¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes enplena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de laespecie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez unatajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocenciay sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tansólo quizás una región marcada como un cruce de encuentroy desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperadopropague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquieraun lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo quehuye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las membranas de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena delviaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz detodos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta elárbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias ysus secretas ciencias de extravío que se expanden de prontode la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismoque una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, lacorriente erizada reptando en busca del exterminio o la salida,escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que soncomo tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indeciblehasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfondacayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánicanoche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, conjadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigodel horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misteriode la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosamaquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas comolabios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late laespuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de suprado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girandolocamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador queya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universoen expansión, con todo el universo en contracción para el partodel cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en lasangre la creación.
El sexo, sí,más bien una medida:la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.
Olga Orozco
El sexo, sí,más bien una medida:la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.
Olga Orozco
Sobre el amor
A modo de E-Ditorial...
Acerca del amor se puede decir hoy lo que Freud decía en 1913 en sus consejos técnicos : "el hombre civilizado actual observa en las cuestiones de dinero la misma conducta que en las cuestiones sexuales, procediendo con la misma doblez, el mismo falso pudor y la misma hipocresía" (Tomo 14- Pág. 127).
En la página 149 del mismo tomo: " En un principio no parece, ciertamente, que el enamoramiento surgido en la transferencia pueda procurarnos nada favorable a la cura. La paciente, incluso la más dúctil hasta entonces, pierde, de repente, todo interés por la cura y no quiere ya hablar, ni oír hablar más que de su amor (*) para el cual demanda correspondencia. No muestra ya ninguno de los síntomas que antes la aquejaban, o no se ocupa de ellos para nada y se declara completamente curada(**)."
Observaciones: (*) es decir, habla de lo que cree tener y no de lo que le falta
(**)es decir: no habla.
Si los libros de la Ley están separados de los del Amor, será porque la única manera de acceder a éste es por la trasgresión. Pero ¿a cuál ley?
La mujer histérica (¿la mujer?) busca una ética pero sólo acepta una estética. Siendo la histérica la más exitosa de las técnicas evitativas de la castración y no habiendo ética que no pase por ésta, su deseo de ser castigada en la realidad es sólo el intento, o la mascarada de pasar por ella. El deseo de la histérica es un deseo de ética jamás alcanzado. Su máxima reflexión la alcanza al reconocer que algo ajeno a sí mismos rige la conducta de los otros. Su máximo saber consiste en el simulado acomodamiento a ese orden. Aquella que probó su poder histérico no renuncia jamás a él.
Lo que la histérica se pregunta es cómo ser una mujer para otra mujer, único paso posible para el descubrimiento de su deseo hacia el hombre, ya que si algo ella sabe es cómo ser el deseo de ese hombre.
Una tribu de indios americana sostiene que el hombre tiene que salir de la sombra de su padre para encontrar la luz. ¿es función del padre, de la madre, o de quién permitir esta salida del hombre?
A propósito de La Bella y La Bestia : Cuando La Bestia se transforma en príncipe por la magia del amor de la Bella aquel le dice: "es por tu amor que me ves así".
¿A ella le basta su hermosura para que el hombre la quiera?: En el cuento parece que no, ya que ella se entrega a la voracidad de la Bestia para salvar la vida de su padre, es decir ya hay un acto de amor que es conocido por la Bestia.
Él es feo y cuida su rosal, sustituto de la belleza que no osa pedir. O que no encuentra. Ella sólo puede tomar de él su alimento y su demanda de amor. El milagro se produce cuando La Bella entrega su amor a la Bestia. Es ahí cuando aparece el hombre hermoso ante los ojos de la mujer y él deja de sentirse la bestia para iniciar el camino de su humanización. ¿Es la mujer la que saca al hombre de su sombra?
Algún paciente me ha dicho: "busco a la mujer que me enseñe a ser hombre".
Por amor se entiende una multiplicidad de productos que cada cultura produce según las civilizaciones y que como dice Etienne Gilson, sólo tienen en común algunas figuras del lenguaje.
No menos escéptico es J. Poncela cuando lo define como un sistema de espejos colocados de tal manera que estando solos, nos parece que estamos acompañados.
La pasión, en cambio, parece ser una manera de estar enfermo, sólo que como la tuberculosis en la época romántica, hay períodos en que está de moda.
Siendo en los bilingües el idioma maternal el "asexuado", será necesaria la presencia de una nueva mujer que enseñe el vocabulario del sexo.
Para el amor sexuado no hay continuidad sino ruptura, en el hombre.
Para la mujer, el amor sexuado es la continuidad perfecta.
Irving Stone, ese despreocupado hacedor de vidas famosas, imaginariza así el diálogo de Van Gogh con una prostituta:
- "....¡hace tanto que una mujer no ha tenido un gesto afectuoso para mí!
- Es extraño. Usted no es mal parecido
- Pero soy desgraciado en el amor
- ¿Sí?. ¿Pedimos otra ginebra?"
Más adelante dice: "El deseo de éxito lo había abandonado; trabajaba porque tenía que hacerlo, porque le impedía sufrir demasiado, mentalmente, porque distraía su mente. Podía pasar sin esposa, sin hogar y sin hijos; podía pasarse sin amor, amistad y salud; podía arreglarse sin comodidades y sin alimentos casi, y aun se podía pasar sin Dios. Pero no podía privarse de algo que era más grande que él mismo, de algo que era su razón de vivir: el poder y la habilidad de crear."
¿Sí?. ¿Pedimos otra ginebra?
Jorge Nonini
Sunday, September 30, 2007
Cartas de un cartero
Novelas
Un cartero emula a su alter ego intentando conseguir sus triunfos por caminos alternativos; pero el azar, una hoja en blanco, las circunstancias y su Mantis religiosa se encargaron de truncar su ascendencia.
El cartero escribe una carta a Niko, días después del entierro de su padre, agradeciéndole su apoyo en momento tan crítico, a la vez que aprovecha para reiterarle sus sentimientos de amistad que el implacable reloj del tiempo no ha podido destruir. Esta excusa permite al cartero iniciar un epistolario desde diciembre de 1987 hasta el presente. Escribir a Niko, su alter ego, le permite rememorar momentos indelebles desde que se conocieron en el servicio militar. La universidad y otras circunstancias coadyuvaron a escindir su diversificación itinerante vital y existencial: uno como asesor del presidente de una multinacional, el otro como cartero, aunque este hecho no representara un impedimento excluyente para mantener una relación epistolar.
El cartero le explica por qué abandona la abogacía para dedicarse a la elaboración de textos jurídicos y cómo publica su primer obra sobre la legislación de correos. Le secundan otras obras de envergadura, como percibir unos derechos de autor inimaginables al emprender esta nueva profesión. En tanto autor reconocido, el Presidente de Correos le propone, en 1994, actualizar el código de correos, con lo que se embarca en un manual sobre las normas postales y telegráficas. Pero después de montar su propia editorial y financiar la obra descubre la trama más insospechada, que da un giro a su vida y a esta excelente novela.
Un cartero emula a su alter ego intentando conseguir sus triunfos por caminos alternativos; pero el azar, una hoja en blanco, las circunstancias y su Mantis religiosa se encargaron de truncar su ascendencia.
El cartero escribe una carta a Niko, días después del entierro de su padre, agradeciéndole su apoyo en momento tan crítico, a la vez que aprovecha para reiterarle sus sentimientos de amistad que el implacable reloj del tiempo no ha podido destruir. Esta excusa permite al cartero iniciar un epistolario desde diciembre de 1987 hasta el presente. Escribir a Niko, su alter ego, le permite rememorar momentos indelebles desde que se conocieron en el servicio militar. La universidad y otras circunstancias coadyuvaron a escindir su diversificación itinerante vital y existencial: uno como asesor del presidente de una multinacional, el otro como cartero, aunque este hecho no representara un impedimento excluyente para mantener una relación epistolar.
El cartero le explica por qué abandona la abogacía para dedicarse a la elaboración de textos jurídicos y cómo publica su primer obra sobre la legislación de correos. Le secundan otras obras de envergadura, como percibir unos derechos de autor inimaginables al emprender esta nueva profesión. En tanto autor reconocido, el Presidente de Correos le propone, en 1994, actualizar el código de correos, con lo que se embarca en un manual sobre las normas postales y telegráficas. Pero después de montar su propia editorial y financiar la obra descubre la trama más insospechada, que da un giro a su vida y a esta excelente novela.
La voz que te nombra
Andrés Borbón
Novelas
Paloma es la protagonista, testigo y víctima de esta novela donde la realidad, la locura y el destino se entrelazan.
La voz que te nombra es la biografía de Paloma, una mujer atrapada por la locura. Una historia cruenta formada de pequeños trozos anónimos de realidad. Los acontecimientos, vistos a través de los ojos de la protagonista, se transforman en amenazas, en signos indescifrables del porvenir, en elementos de una conspiración cuyo epicentro es ella misma.
Narrada en segunda persona, la trama se desenvuelve en un tono de proximidad lacerante, inmediato y, por momentos, insostenible. Desde los estadios iniciales de la enfermedad, Paloma sucumbe a los imbatibles avances de la esquizofrenia. Su tránsito por los hospitales psiquiátricos y, finalmente, el encuentro con la Voz que la Nombra, y que cuenta esta historia para ella.
Originario de Guadalajara, Jalisco (México), Andrés Borbón es médico cirujano y psiquiatra por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es también profesor de posgrado en la especialidad de Psiquiatría (UNAM) y miembro de la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM) y la World Psychyatric Association (WPA). Actualmente, trabaja a nivel institucional como Psiquiatra en la Ciudad de México.
Novelas
Paloma es la protagonista, testigo y víctima de esta novela donde la realidad, la locura y el destino se entrelazan.
La voz que te nombra es la biografía de Paloma, una mujer atrapada por la locura. Una historia cruenta formada de pequeños trozos anónimos de realidad. Los acontecimientos, vistos a través de los ojos de la protagonista, se transforman en amenazas, en signos indescifrables del porvenir, en elementos de una conspiración cuyo epicentro es ella misma.
Narrada en segunda persona, la trama se desenvuelve en un tono de proximidad lacerante, inmediato y, por momentos, insostenible. Desde los estadios iniciales de la enfermedad, Paloma sucumbe a los imbatibles avances de la esquizofrenia. Su tránsito por los hospitales psiquiátricos y, finalmente, el encuentro con la Voz que la Nombra, y que cuenta esta historia para ella.
Originario de Guadalajara, Jalisco (México), Andrés Borbón es médico cirujano y psiquiatra por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es también profesor de posgrado en la especialidad de Psiquiatría (UNAM) y miembro de la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM) y la World Psychyatric Association (WPA). Actualmente, trabaja a nivel institucional como Psiquiatra en la Ciudad de México.
Friday, July 13, 2007
Cómo viven y mueren los escritores
Cómo viven los escritores (en el país de lagos y volcanes)
Por Javier Alas
Ninguno de ellos es escritor profesional. Han laborado en agencias depublicidad, en secretarías de cultura oficiales, en editoriales. El horario exprime su mejor energía diaria, y a deshora, cuando la fatiga lo tolera, escriben unas líneas de duermevela. Al día siguiente sus fuerzas y su tiempo serán subyugados de nuevo por el periódico, la revista, la radio. Trabajan en el periodismo o en una organización no gubernamental. O en cualquier cosa, exceptuando los ardores de la palabra. Ninguna editorial se interesa por ellos; algunos, los menos, han tenido el reconocimiento en el extranjero. Casi inéditos, guardan sus manuscritos enprocura de un tiempo propicio o de un quién sabe. Concursan en certámenesinternacionales de literatura, o en justas locales. A veces la fortuna deslizauna corona de laureles en su sien, a veces les nombran gran maestre de la gayaciencia. En ocasiones les invitan a un recital, a un festival literario, o toman el micrófono por la libre en una noche bohemia. Unos son jóvenes y se intuyen geniales; otros, con más edad, experimentados y con obra a sus espaldas. Algunos exhiben un talento incuestionable, escriben páginas brillantes, opinan con sabiduría. Otros, sólo muestran ínfulas, egos, complejos. Adictos a tertulias, cultores de un virtuosismo oral, idólatras del café y del cigarrillo. Casi nunca son propietarios del espacio donde moran, con o sin una familia. Rara vez poseen vehículo. Deben una suma a cualquier banco. Jamás obtendrán el Premio Nobel de Literatura. Ni siquiera el Cervantes.
Cómo mueren los escritores (en el país de la sonrisa)
Por: Javier Alas
Solos. Avejentados antes de la edad. Con el hígado deshecho por la cirrosis o destrozados los pulmones por bronconeumonías. Arrollados por vehículos de transporte cuyos infames conductores siempre se fugan. Sobreviviendo lejos de la solidaridad. Olvidados sus logros en las artes de la palabra escrita, desconocidos. Abandonados. Arrasados por el cáncer y su metástasis. Encerradosen una desnuda habitación que no era propia, con la espalda llagada de estarlargo tiempo enfermos y tirados en un catre. Desamparados por su familia, exiliados. Expuestos. En extremos, necesitados de la caridad. Necesitados. Inartículo mortis los eximios representantes en la asamblea legislativa les nombran Poeta Meritísimo, Hijo Meritísimo. No conocen su obra, jamás les hanleído. Sí son consumados connoisseur de la música del género ranchero, y nombran Visitante Ilustre al primer cantante mexicano que se presenta en elpaís, le entregan la llave de la ciudad, y además le instan a berrear en plenosalón azul de la asamblea, en el culmen apoteósico del homenaje (ya extasiados y rendidos a sus lustrosas botas de piel de lagarto). Ignorados, los ojosgrises del largo trato con la tristeza. Sin dinero, sin ediciones, sin casaeditora, sin regalías. Así han muerto los poetas. Así continúan falleciendo los poetas, no pocos, en el país de la sonrisa.
Por Javier Alas
Ninguno de ellos es escritor profesional. Han laborado en agencias depublicidad, en secretarías de cultura oficiales, en editoriales. El horario exprime su mejor energía diaria, y a deshora, cuando la fatiga lo tolera, escriben unas líneas de duermevela. Al día siguiente sus fuerzas y su tiempo serán subyugados de nuevo por el periódico, la revista, la radio. Trabajan en el periodismo o en una organización no gubernamental. O en cualquier cosa, exceptuando los ardores de la palabra. Ninguna editorial se interesa por ellos; algunos, los menos, han tenido el reconocimiento en el extranjero. Casi inéditos, guardan sus manuscritos enprocura de un tiempo propicio o de un quién sabe. Concursan en certámenesinternacionales de literatura, o en justas locales. A veces la fortuna deslizauna corona de laureles en su sien, a veces les nombran gran maestre de la gayaciencia. En ocasiones les invitan a un recital, a un festival literario, o toman el micrófono por la libre en una noche bohemia. Unos son jóvenes y se intuyen geniales; otros, con más edad, experimentados y con obra a sus espaldas. Algunos exhiben un talento incuestionable, escriben páginas brillantes, opinan con sabiduría. Otros, sólo muestran ínfulas, egos, complejos. Adictos a tertulias, cultores de un virtuosismo oral, idólatras del café y del cigarrillo. Casi nunca son propietarios del espacio donde moran, con o sin una familia. Rara vez poseen vehículo. Deben una suma a cualquier banco. Jamás obtendrán el Premio Nobel de Literatura. Ni siquiera el Cervantes.
Cómo mueren los escritores (en el país de la sonrisa)
Por: Javier Alas
Solos. Avejentados antes de la edad. Con el hígado deshecho por la cirrosis o destrozados los pulmones por bronconeumonías. Arrollados por vehículos de transporte cuyos infames conductores siempre se fugan. Sobreviviendo lejos de la solidaridad. Olvidados sus logros en las artes de la palabra escrita, desconocidos. Abandonados. Arrasados por el cáncer y su metástasis. Encerradosen una desnuda habitación que no era propia, con la espalda llagada de estarlargo tiempo enfermos y tirados en un catre. Desamparados por su familia, exiliados. Expuestos. En extremos, necesitados de la caridad. Necesitados. Inartículo mortis los eximios representantes en la asamblea legislativa les nombran Poeta Meritísimo, Hijo Meritísimo. No conocen su obra, jamás les hanleído. Sí son consumados connoisseur de la música del género ranchero, y nombran Visitante Ilustre al primer cantante mexicano que se presenta en elpaís, le entregan la llave de la ciudad, y además le instan a berrear en plenosalón azul de la asamblea, en el culmen apoteósico del homenaje (ya extasiados y rendidos a sus lustrosas botas de piel de lagarto). Ignorados, los ojosgrises del largo trato con la tristeza. Sin dinero, sin ediciones, sin casaeditora, sin regalías. Así han muerto los poetas. Así continúan falleciendo los poetas, no pocos, en el país de la sonrisa.
