Exilio ( Antonio Casquín)
EL DOLOR TELÚRICO DE ANTONIO CASQIN
En medio de un verso, de una carcajada o de alguna frase en lengua extranjera, al poeta Antonio Casquín le duele toda la existencia, todo el ser, toda la nada que lo entraña y que lo forma, paso a paso, segundo a segundo.
En él, la poesía es un compromiso consigo mismo, con su visión de hoy y el mañana, con los recuerdos de su niñez y sus aspiraciones de hombre, ese que fue capaz de pensar y sentir una patria forjada, mediante miles de nombres que fueron capaces de forjar un destino común.
Pero esas visión de patria le fue cara y por ella hubo de pagar una gran cuota de carne y sangre, que lo hizo abandonar los caminos polvorientos del suelo natal para deambular y merodear por los callejones de la más iluminada urbe del mundo, la de los bohemios y la de los agitadores de la década de antaño. En la breve maleta, en medio de olor a madrugada, sólo se llevo su corazón de maíz y la promesa de retorno.
Pero para volver, dicen las sagas antiguas, el héroe debe pasar por duras pruebas y realizar múltiples hazañas, y la saga del poeta fue la de mantenerse, siempre, con la sangre vuelta hacia la patria sangrante, donde la “ luz absoluta” estaba siendo empañada por la “infinita oscuridad” de ese tiempo llegado que no estaba, para nada, a favor de los pequeños. Para eso, el poeta mantuvo el bolígrafo en ristre y escribió.
Escribió docenas, cientos, miles de veces y dio paso al arte del demiurgo, en imitación de los “estornudos de Dios” que somos todos esos extraños seres que vagamos por aquí y allá, como “ heredero del sol” y ‘amados de la tierra”.
En imitación de Zeus de doliente cabeza, esa gestación de palabras tocó al poeta Casquís hasta la médula misma de su ombligo sembrado entre el polvo de Quezaltepeque. De las vivencias nuevas y viejas afloró la niñez y la andanza, las súplicas de la noche y la esperanza de honrar el nombre asignado por padre y madre en el principio del tiempo. Agitado, el poeta se dio cuenta de que la realidad era más que el violento resoplido, el sueño profundo, o el hormigueo de un dios, porque implicaba el dolor terrestre de muchas personas y la partida forzosa o resignada de otras, como él mismo.
El resultado de esa maduración vital esta aquí, con nosotros, palpitante en las próximas páginas. Pese a los años transcurridos, esos versos no forman un canto de guerra, ni un viaje a la evasión ni un lamento con zampoñas. Como el buen vino, este es sólo el testimonio de un hombre sencillo y de raigambre sensible, que lucho contra el monstruos de su década y e hizo ciudadano del mundo para poder comprender que su retorno al hogar implicaba más entrega con los surcos y semillas de la libertad.
Y él aquí sigue aún, entre nuevas palabras y en funciones de bardo antiguo y mentor entusiasta, con una pluma en la mano y la voz sobre el corazón, para salirnos en cualquier momento al encuentro y hablarnos de la eternidad, de eso que nunca muere, aunque a las utopías de las lleve esa “ noche que ya viene”.
Carlos Cañas-Dinarte
En el jardín de las rosas,
14 de julio de 2004.
0 Comments:
Post a Comment
<< Home